La vida es una batalla diaria para las familias atrapadas en la zona de conflicto en Ucrania - Ayuntamiento de Toledo

El peligro permanente de bombardeos o minas terrestres dificulta la posibilidad de obtener prestaciones sociales, comprar alimentos o buscar trabajo.

 Era solo un día más para Liuba y su hijo Misha en Mariinka, una ciudad devastada por el conflicto en Ucrania oriental.

Estaban acostumbrados al repiqueteo de las ametralladoras mientras preparaban el desayuno. Así que, cuando cesó el ruido, Misha, de 10 años, corrió a casa de su abuela no lejos de la suya.

En ese momento y sin previo aviso explotó una granada, recuerda Liuba. “De repente mi hijo desapareció de mi vista nada pero oía este sonido y a alguien que gritaba “mamá”.

Lo primero que recuerda es la sangre en la cabeza de su hijo, donde se habían alojado fragmentos de la granada. Como el hospital más próximo estaba a 30 kilómetros y las hostilidades en Mariinka se estaban intensificando, Liuba sabía que había muy pocas posibilidades de conseguir una ambulancia.

Afortunadamente, un pariente de un pueblo de las proximidades logró llevarlos allí y Misha sobrevivió.

Ahora a aún le asustan los disparos pero teme todavía más al silencio.

Liuba y Misha están entre las más de 600.000 personas que quedaron atrapadas en la zona del conflicto. Hace tiempo solían caminar cada mañana por un sendero hasta llegar a la parada del autobús escolar pero ahora que el camino está cubierto de barro, Liuba empuja a su hijo, subido en su bicicleta, a través de los refugios militares, para que no se manche.

Los bombardeos y las minas terrestres han dado un vuelco a la vida de miles de personas que tienen dificultades para obtener prestaciones sociales, alimentos y medicamentos o para encontrar trabajo.

También es difícil desplazarse a través de la línea de contacto. Solo en el mes de febrero de 2018 cruzaron más de un millón de personas para encontrarse con sus familiares o acudir a los servicios locales.

Sasha y su esposa Yulia, de Donetsk, cruzan a menudo el puesto de control de Mariinka para ayudar a sus ancianos padres que viven en la ciudad de Adviika, recuperada por el ejército de Ucrania. Un recorrido en el que antes se tardaba media hora en autobús y que ahora puede llevar un día entero. Yulia, embarazada de siete meses y soportando las frías temperaturas invernales, expresa su agradecimiento al ACNUR, la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados, por las tiendas climatizadas que les han proporcionado y donde ahora puede descansar.

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“Aplazamos la salida mientras pudimos aguantar”.

Esta pareja, que eran novios desde la infancia, apenas pueden creer cómo han cambiado sus vidas.

“Era muy feliz cuando nos casamos”, dice Sasha, acariciando el brazo de su esposa. “Adviika era una ciudad muy hermosa y yo estaba muy cerca de mi familia. Aplazamos la salida mientras pudimos aguantar pero luego empezaron los combates en la zona y las vibraciones sacudían nuestros cuerpos. La estación de ferrocarril estaba abarrotada. De repente la guerra era algo real que podía pasarle a cualquiera”.

Yulia añade: “Antes solíamos desearnos felicidad y paz pero eran solo palabras. Ahora nos damos cuenta del valor que tienen esas palabras… vivir en paz, vivir con tu familia”.

Sasha y Yulia están deseando ser padres pero están preocupados porque no saben cómo van a viajar una vez que nazca el bebé. Muchas personas pasan horas haciendo cola en los puestos de control y tienen un acceso limitado a los servicios básicos, como agua potable, letrinas, refugios y atención médica.

“Es una situación tensa”, dice Yulia. “Todos quieren cruzar lo antes posible y hay mucha gente que intenta abrirse paso a través de las colas”.

“Lo peor de todo es cuando las bombas caen sobre tu casa y toda la casa tiembla”.

El ACNUR está preocupado por las restricciones a la libertad de movimientos que padecen los civiles.

George Okoth-Obbo, Alto Comisionado Auxiliar para las Operaciones, que estaba inspeccionando las actividades del ACNUR en Ucrania pudo observar por sí mismo a la gente haciendo cola durante horas con temperaturas bajo cero para pasar un puesto de control.

“Reducir la frecuencia con la que las personas tienen que viajar y suavizar las duras condiciones que experimentan son dos de los desafíos más urgentes a los que debemos hacer frente en esta situación”, explicaba.

Liuba vive todavía con el trauma del recuerdo de lo cerca que estuvo su hijo de perder la vida. Tras esta terrible experiencia, su casa ha sido bombardeada cuatro veces y el joven Misha sueña con salir de allí.

“No me gusta vivir aquí porque hay tiroteos y no tengo amigos”, dice. “Soy el único muchacho de esta calle. Y lo peor de todo es cuando caen sobre tu casa y toda la casa tiembla”.

“Cuando ocurrió habría deseado que me hubiera ocurrido a mí y no a él”, señala Liuba, cerrando los ojos. “Eso le hizo madurar demasiado deprisa”.

Kate Bond

Fuente: http://www.acnur.org

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